En medicina, lo ideal es la prevención de las enfermedades; si esta falla, tener un tratamiento médico efectivo que cure al paciente o, en última instancia, que sea el cirujano quien extirpe la lesión respetando al máximo la integridad de los órganos no dañados.

“Hasta hace poco, la hepatitis C era la primera causa de trasplante hepático en nuestro país. En los últimos años ha caído en picado y es muy probable que pase a ser testimonial”

Pero hay veces en que ni la medicina ni la cirugía son capaces de eliminar la enfermedad y entonces no hay más remedio que extirpar el órgano dañado y sustituirlo por uno sano, bien procedente de otra persona viva (caso del riñón o fragmentos de hígado), o bien de una fallecida. Es la filosofía de los trasplantes de órganos y tejidos, como se ve no muy distinta a la de la mecánica de automóviles, una práctica habitual hoy día, al menos en el mundo desarrollado.

El avance hacia la prevención

Además de perfeccionar cada día estas técnicas, la medicina avanza en la prevención o el tratamiento de enfermedades que son motivo de una buena cantidad de trasplantes. El caso más reciente y paradigmático es el tratamiento del virus C con los modernos medicamentos antivirales. Hasta hace poco, la hepatitis C era con mucho la primera causa de trasplante hepático en nuestro país mientras que en los últimos años ha caído en picado y es muy probable que en poco tiempo pase a ser testimonial.

Pero hay más vías de investigación que pueden reducir la necesidad de trasplantes. El ajolote es un anfibio mexicano con una extraordinaria peculiaridad: no solo es capaz de hacer crecer una pata o la cola cuando la pierde o se la amputan, sino que también es capaz de reparar su corazón y otros órganos internos. Esta capacidad regenerativa, insólita fuera del mundo de los insectos, atrajo desde hace años la atención de científicos, como el español Juan Carlos Izpisua, del Salk Institute de La Jolla (California), que lo suele referir en sus conferencias para explicar la potencialidad de las células madre.

Imitar la capacidad regenerativa del anfibio ajolote

Si pudiéramos copiar del ajolote esta forma de regenerar un órgano enfermo, daríamos con la piedra filosofal que nos permitiría salvar corazones, riñones o cualquier otro órgano antes de que la enfermedad los destruya y deje al trasplante como única solución. Ello tendría unas consecuencias incalculables en medicina, entre otras las de hacer innecesarios un buen número de trasplantes porque los enfermos se curarían antes de necesitarlos.

Solo un bonito sueño hasta que el equipo de Izpisua publicó en 2018 en ‘Nature’ la curación en ratones de grandes heridas al regenerar múltiples capas de la piel. Lo lograron inyectando en una herida abierta y profunda, donde se han perdido muchas capas de la piel, un cóctel para promover su regeneración, integrado por cuatro factores de reprogramación. Estos factores transformaron las células inflamatorias propias de la herida en células madre de la piel que en 18 días consiguen cerrar esta para después conectarse perfectamente a la piel circundante.

La fórmula mágica para ‘convencer’ a las células inflamatorias de que se conviertan en células madre y se pongan a regenerar la piel fue el resultado de cinco años de trabajo y más de 2.000 experimentos, combinando 86 factores de reprogramación diferentes hasta llegar a un cóctel de cuatro que consiguió el milagro.

“Los trasplantes no van a desaparecer, pero es posible que, en unos años, cualquier parecido con la situación actual sea pura coincidencia”

Queda mucho para pasar del ratón al humano, pero, de lograrlo, no solo habría eliminado la necesidad de los trasplantes de piel en grandes quemados o problemas derivados de la diabetes, sino que tendría grandes aplicaciones en cirugía plástica y estética eliminando las arrugas y otras lesiones. Después vendría la aplicación a órganos internos como el hígado o el riñón buscando su regeneración y evitando así la necesidad de trasplantes.

El futuro soñado

¿Van a ser innecesarios estos descubrimientos? Desde luego no en un futuro próximo y si se consiguen aplicar en clínica. Lo probable es que disminuyan las necesidades en algunas enfermedades, pero no en todas, ya que siempre habrá procesos para las que este enfoque no resulte posible por su agresividad u otras razones.

En suma, los trasplantes no van a desaparecer ni los trasplantadores se van a tener que dedicar a otra cosa, pero es posible que, en unos años, cualquier parecido con la situación actual sea pura coincidencia.

Fuente: alimente.elconfidencial.com

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